
Mi padre me enseñó una cosa que parece sencilla.
No lo es.
—Lo que dices, lo cumples.
Ya está. No había más.
Parece fácil cuando te sale bien.
Lo difícil viene después.
Porque a veces, solo a veces, mantenemos la palabra solo cuando el resultado final nos conviene.
Por eso conviene medir tanto lo que prometes como lo que cuentas: a veces guardarse las cartas protege más que cualquier explicación.
Si el resultado te favorece, ok.
Si no, no.
Y eso no es tener palabra.
Eso es tener suerte.
Recuerdo cuando la palabra tenía valor.
Se decía así: un hombre es su palabra.
Sin su palabra, no es nada.
Nada.
Poco a poco, ese valor se devalúa.
Se pierde.
Hasta llegar a nada.
Hoy se firman contratos.
Contratos donde no solo das tu palabra, sino que la corroboras con una firma.
Y aun así, no se cumplen.
Antes bastaba con decirlo.
Ahora no basta ni con firmarlo.
La palabra dada se pone a prueba un solo día.
El día en que cumplirla te cuesta.
Los demás días no cuentan.
Si eres de los que piensa que la palabra dada tiene un valor más allá de salir de una respuesta incómoda, me encantaría saber qué opinas.
¿Qué vale hoy tu palabra?

Consultor de marketing digital con 15 años de experiencia. Empresario del sector tecnológico y autor. Trabaja el posicionamiento, la captación y la conversión de empresas y despachos profesionales, con el foco puesto en los clientes que entran por la puerta y no en las posiciones sueltas.
Quién soy →

